martes, 24 de enero de 2012

San Francisco de Asís – Utopía y Realismo (Parte II)


por Javier Garrido, o.f.m.

Un talante humanista

Dentro de la hagiografía, Francisco no sólo inspira a creyentes, sino también a humanistas ateos. Se debe a la exaltación de su figura por parte del pensamiento romántico del siglo pasado, el XIX. Le tocó vivir en la primera alborada del humanismo, en las primeras conquistas de las libertades individuales. Y de hecho, los movimientos que nacieron de él, instituciones religiosas y seglares, llamaron la atención por su ideal de fraternidad e igualdad.
Sin embargo, jamás tuvo conciencia de reformador social.

Su humanismo bebía de aquel instinto suyo para actualizar el fermento vivo del evangelio. Basta leer atentamente (habría que cantarlo, como él, en éxtasis de adoración) su incomparable Cántico del hermano Sol para comprender de un golpe la fuente de su humanismo: la reconciliación cósmica soñada por Israel, inaugurada por Jesús al proclamar la paternidad universal de Dios, presente en el corazón por la fuerza del Espíritu Santo. Ya su primer biógrafo, Celano, apunta certeramente: «A todas las criaturas las llamaba hermanas, pues había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios».

En momentos históricos como el presente, en que el hombre siente deteriorarse todo valor humano, e incluso los fundamentos naturales de nuestra existencia, es normal que Francisco sea reivindicado por ecologistas, militantes cristianos y líderes de distintas ideologías religiosas. Todos sentimos lo mismo: el hombre se salvará si, como Francisco, vuelve al espíritu de las bienaventuranzas, a la sencillez y pureza de corazón, a creer en la fuerza transformadora del amor.

Utopía y realismo

Como vemos, la espiritualidad franciscana se confunde con el carisma de un hombre que sigue ofreciendo a la Iglesia y al mundo la transparencia de una utopía, que a casi todos nosotros nos parece eso, una utopía inalcanzable, y a él, no, sino el don incomprensible de la nueva creación, el Reino. ¿Por qué? Porque fue un pobre de Dios, un pequeño del Reino. Desde entonces le llamamos el «poverello».

Y desde entonces, gracias a él, el creyente reconoce en el evangelio la utopía que dinamiza la historia. Es verdad que a veces confundimos la fuerza de la fe con las fantasías de nuestros deseos; pero Francisco nos ha ayudado a confiar en la bondad original del ser por encima de nuestros maniqueísmos. Es verdad que tendemos a proyectar en su figura la ilusión de nuestros sueños frustrados; pero él nos ha enseñado a esperar contra toda esperanza, y ¿cómo podríamos vivir si la vida humana no fuese la aventura del Absoluto?

Es verdad que, en este sentido, Francisco es peligroso; provoca lo mejor de nosotros mismos. Ciertamente, no es un realista, incluso habría que decir que su espiritualidad apenas si tiene en cuenta la complejidad del proceso de la conversión (compárese, por ejemplo, con los Ejercicios de san Ignacio de Loyola). Y, sin embargo, lo preferimos así: radical y hasta ingenuo, profeta arrebatado por el amor incontenible y humilde hasta el barro. ¿Cómo pudo hacer semejante síntesis? Por eso, más que un sistema de espiritualidad, lo que él nos dejó fue su presencia, el élan tan personal de su modo de ser cristiano.

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