Por Constantino Koser, OFM
El intenso amor a Cristo-Hombre,
tal como lo practicó San Francisco y como lo dejó en herencia a su Orden, no
podía dejar de alcanzar a María Santísima. Las razones del corazón católico y
de la caballerosidad de San Francisco lo llevaban al amor encendido de la Madre
de Dios. «Amaba con indecible afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella
la que ha convertido en hermano nuestro al Señor de la majestad y por haber
nosotros alcanzado misericordia mediante ella. Después de Cristo, depositaba
principalmente en la misma su confianza; por eso la constituyó abogada suya y
de todos sus hermanos, y ayunaba en su honor con suma devoción desde la fiesta
de los apóstoles Pedro y Pablo hasta la fiesta de la Asunción» (LM 9,3).