Por Julio Micó, OFMCap
Jesús, el
Siervo sufriente
El que se
atreve a seguir a Jesús por el camino de las Bienaventuranzas no queda
impune. El poder diabólico del mal no perdona, como tampoco le perdonó a Él,
que pretendamos salir del círculo de su influencia (1 R 22,19). Por eso, el
seguimiento evangélico debe contar con el hecho de la cruz como una
consecuencia más de la opción tomada. El misterioso Siervo sufriente de Isaías
(Is 42,1ss) tomó carne en Jesús. Las palabras que el Padre le dirigió en el
momento en que era bautizado por Juan, «Tú eres mi Hijo amado, en ti me
complazco» (Mc 1,11), configuran la vocación de Jesús como tarea y misión del siervo
sufriente, solidarizándose con los miserables y pecadores, con todos los
malvados de la tierra, para sufrir por ellos y en lugar de ellos (Is 53,12).
Pero el Padre, al resucitar a Jesús, nos mostró que el mal, causante de
sufrimientos y de muerte, no es lo más poderoso ni lo definitivo, ya que más
allá de todo eso está Él con su voluntad amorosa de hacer del hombre su propia
gloria.