Yo te
bendigo, Padre, (...) porque has ocultado estas cosas a los sabios e
inteligentes, y se las has revelado a los pequeños (Mt 11,25).
Con estas palabras
Jesús alaba los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede ir a él si
el Padre no lo atrae, por eso alaba este designio y lo acepta filialmente: «Sí,
Padre, pues tal ha sido tu beneplácito» (Mt 11,26). Has querido abrir el Reino
a los pequeños.
