Del Sermón 272 de San Agustín
Esto que veis sobre el altar de Dios es un pan
y un cáliz: de ello dan testimonio vuestros mismos ojos; en cambio, vuestra fe
os enseña a ver en el pan el cuerpo de Cristo, y en el cáliz la sangre de
Cristo.
Os lo he dicho en breves palabras, y quizá a
la fe le sea suficiente; pero la fe desea ser instruida. Podríais ahora
replicarme: Nos has mandado que creamos, explícanoslo para que lo entendamos.
Puede, en efecto, aflorar este pensamiento en la mente de cualquiera: Sabemos
de quién tomó la carne nuestro Señor Jesucristo: de la Virgen María. De niño
fue amamantado, alimentado, creció, llegó a la edad juvenil, fue muerto en el
madero, fue bajado de la cruz, fue sepultado, resucitó al tercer día y, el día
que quiso, subió al cielo llevándose allí su propio cuerpo; de allí ha de venir
a juzgar a vivos y muertos, allí está ahora sentado a la derecha del Padre:
¿cómo el pan puede ser su cuerpo? Y el cáliz, o lo que el cáliz contiene, ¿cómo
puede ser su sangre?