Por Francisco Javier Toppi, OFMCap
La oración personal
Veamos cómo Francisco enseñaba a orar a sus
hermanos, a quienes enviaba por el mundo y, al mismo tiempo, quería que fueran
eremitas: «En el nombre del Señor, id de dos en dos en compostura y, sobre
todo, en silencio, orando al Señor en vuestros corazones desde la mañana hasta
después de tercia. Evitad las palabras ociosas o inútiles, pues, aunque vayáis
de camino, vuestro comportamiento debe ser tan digno como cuando estáis en el
eremitorio o en la celda. Pues dondequiera que estemos o a dondequiera que
vayamos, llevamos nuestra celda con nosotros; nuestra celda, en efecto, es el
hermano cuerpo, y nuestra alma es el ermitaño, que habita en ella para orar a
Dios y para meditar. Si nuestra alma no goza de la quietud y soledad en su
celda, de poco le sirve al religioso habitar en una celda fabricada por mano
del hombre» (LP 108; EP 65).