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lunes, 20 de mayo de 2013

La Devoción Mariana en San Francisco y en Santa Clara de Asís

Por Leonardo Lehmann, OMFCap

María, madre de nuestro Señor Jesucristo 

Escuchando la voz del ángel y obedeciendo la propuesta de Dios, María se convierte en madre de Jesús. Como las palabras «hija» y «esclava», así también «madre» permanece en el Saludo a la bienaventurada Virgen María sin añadiduras ornamentales o calificativas como «querida» o «santa». La calificación de madre lo dice todo: madre de Dios, madre de nuestro santísimo Señor. El Hijo supera a la madre, en cuanto viene llamado «santísimo» y «Señor nuestro». No es solamente el Señor de María, sino también el de todos nosotros. Ya en el mismo momento de la concepción, en el que María se convierte en madre, el niño pertenece a todos y es el Señor.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

La Celebración Navideña en Greccio


Por Leonhard Lehmann, OFM 

Volvamos ahora a Greccio, el lugar vinculado por antonomasia con la Navidad franciscana. Para ello, resumiremos los amplios y detallados relatos de los biógrafos, destacando algunas líneas básicas que completan el cuadro trazado por el Salmo Navideño (OfP 15). Greccio nos muestra sobre todo el aspecto experiencial. ¿Cómo celebró Francisco la fiesta del nacimiento del Salvador?

sábado, 8 de septiembre de 2012

Lo que es María, podemos serlo nosotros


Por Leonhard Lehmann, OFMCap

Reflexionando sobre la maternidad virginal de María y analizando pasajes bíblicos, como Mt 12,50, los Padres de la Iglesia exponen una doctrina amplia y detallada sobre el nacimiento de Dios en el hombre. Leemos, por ejemplo, en san Juan Crisóstomo: «Nosotros somos el templo, Cristo es el que habita en él. Él es el primogénito, nosotros somos sus hermanos... Él es el novio, nosotros somos la novia». San Agustín y san Gregorio Magno expresaron pensamientos parecidos a los que hemos encontrado en Francisco de Asís. En ellos analizan si podemos permanecer abiertos como María a la acción de Dios Trino. Quien se abre al Espíritu de Dios, se vuelve capaz de engendrar a Jesús y de darlo a luz, como la Virgen María, no, ciertamente, tal y como ella lo dio a luz en Belén, sino mediante una vida ejemplar, con las buenas obras, a través de la predicación... Dice, por ejemplo, Inocencio III: «Por el amor, per affectum, engendramos a Cristo en el corazón, y lo damos a luz realmente, per effectum, mediante las obras».

domingo, 20 de mayo de 2012

La devoción a María en San Francisco y en Santa Clara de Asís

Por Leonardo Lehmann, OFMCap

María, madre de nuestro Señor Jesucristo

Escuchando la voz del ángel y obedeciendo la propuesta de Dios, María se convierte en madre de Jesús. Como las palabras «hija» y «esclava», así también «madre» permanece en el Saludo a la bienaventurada Virgen María sin añadiduras ornamentales o calificativas como «querida» o «santa». La calificación de madre lo dice todo: madre de Dios, madre de nuestro santísimo Señor. El Hijo supera a la madre, en cuanto viene llamado «santísimo» y «Señor nuestro». No es solamente el Señor de María, sino también el de todos nosotros. Ya en el mismo momento de la concepción, en el que María se convierte en madre, el niño pertenece a todos y es el Señor.

sábado, 19 de mayo de 2012

La Devoción a María en San Francisco y en Santa Clara de Asís

Por Leonardo Lehmann, OFMCap.

María, hija y esclava del Padre celestial

Los escritos de san Francisco se pueden dividir según su género literario en oraciones, cartas, avisos espirituales como las Admoniciones y el Testamento, y textos legislativos como las Reglas. Es muy significativo que en estos textos se hable de María casi exclusivamente en las oraciones. De esta simple constatación resulta un hecho evidente: Francisco no propone una doctrina sobre la Virgen, no discute con sus hermanos o con los fieles cuestiones mariológicas, sino que honra a la Virgen, dirigiéndole saludos y oraciones, como atestigua su primer biógrafo: «Rodeaba de amor indecible a la Madre de Jesús por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y tales como no puede expresar lengua humana» (2Cel 198).