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domingo, 25 de marzo de 2012

La devoción Mariana de San Francisco María y Cristo

Por Kajetan Esser, ofm

«Rodeaba de amor indecible a la madre de Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad» (2 Cel 198), «y por habernos alcanzado misericordia» (LM 9,3). Estas sencillas palabras de sus biógrafos expresan el motivo más profundo de la devoción de san Francisco a la Virgen.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Hacia Dios por la penitencia (X)

Por Kajetan Esser, o.f.m.


Orientaciones prácticas (II)


No podemos olvidar que aun cuando hiciéramos lo que exige la vida de penitencia, ante Dios no somos sino siervos inútiles. No en vano recalca repetidas veces Francisco que hemos de ser salvos «por sola su misericordia» y «por sola su gracia». No podemos hacer de la ascética un sistema autónomo que impida las relaciones entre el amor misericordioso de Dios y los hombres. Esto aparece con particular claridad en la idea que en este contexto juega, según Francisco, un papel considerable: la «discretio», la discreción.

martes, 28 de febrero de 2012

Hacia Dios por la penitencia (IX)

Por Kajetan Esser, o.f.m.

Orientaciones prácticas (I)

Por lo que se refiere a la práctica de la penitencia, debemos dejar bien sentado que san Francisco se muestra muy parco al hablar de las obras concretas de mortificación y penitencia. En lugar de señalar orientaciones precisas y puntos particulares, prefiere hacer hincapié en las disposiciones fundamentales del hombre. Por amor de Dios y de su Reino, el hombre debe renunciar a sí mismo y mortificar los deseos del propio yo. Acerca de esto no hay duda alguna en Francisco. El problema viene cuando se trata del modo de llevar a cabo esta orientación en casos y en vidas concretas. Francisco lo deja a la «inspiración divina», y así evita el poner trabas de antemano a la libre acción de la gracia. Por eso encontramos tan pocos detalles concretos sobre la materia en Francisco.

lunes, 27 de febrero de 2012

Hacia Dios por la penitencia (VIII)

Por Kajetan Esser, o.f.m.

Realización del Reino de Dios

Todo lo referente al «Espíritu del Señor» no acaece en consideración a la perfección individual del cristiano, sino que está ordenado a la venida del Reino de Dios. No en vano el capítulo de la primera Regla que trata de los preceptos acerca del ayuno, viene encabezado por las palabras del Señor: «Esta ralea de demonios no puede salir más que a fuerza de ayuno y oración» (1 R 3,1). Y es que el hombre se introduce en el servicio para la realización del Reino de Dios con la propia renuncia y penitencia -implicadas en la oración y el ayuno-; Reino de Dios que puede irse expandiendo por todas partes a condición de que sea vencida la influencia demoníaca.

domingo, 26 de febrero de 2012

Hacia Dios por la penitencia (VII)


Por Kajetan Esser, o.f.m.

El «Espíritu del Señor»

La propia negación es obra de la gracia y se traduce en liberación del hombre de sí mismo y en disponibilidad creciente respecto de Dios. Pero, repetimos, esto no puede ser fruto de las propias fuerzas. Es necesario que el Espíritu del Señor le llene de su presencia y establezca en él su morada. Sólo una colaboración íntima entre Dios y el hombre podrá domar el espíritu de la carne, el egoísmo, para que el Espíritu del Señor se erija desde entonces en su mentor y guía. «El Espíritu del Señor quiere que la carne sea mortificada y despreciada, tenida por vil y abyecta. Y se afana por la humildad y la paciencia, y la pura y simple y verdadera paz del espíritu. Y siempre desea, más que nada, el temor divino y la divina sabiduría, y el divino amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (1 R 17,14-16).

sábado, 25 de febrero de 2012

Hacia Dios por la Penitencia (VI)


Por Kajetan Esser, o.f.m.

La «verdadera obediencia»

El misterio de la pobreza pretende, en definitiva, dejar paso libre al Espíritu del Señor, para que pueda posesionarse plenamente del hombre. Efectivamente, quien goza del Espíritu del Señor, sólo tiene un deseo: «Que se cumpla misericordiosamente en él la voluntad del Padre celestial» (1 Cel 92). Por eso, dirá con toda razón Francisco: «Abandona todo lo que posee y pierde su cuerpo aquel que se entrega a sí mismo totalmente a la obediencia en manos de su prelado» (Adm 3,3); C. Andresen dirá a propósito de estas palabras: «La obediencia consiste en el despojamiento de uno mismo». Esta doctrina profunda aparece en su Carta a un ministro. Este se había dirigido a Francisco pidiéndole que le relevara de su cargo, ya que, a su juicio, las dificultades del oficio le impedían amar exclusivamente a Dios. Por tal motivo deseaba retirarse a un eremitorio, para así amar y servir a Dios lejos de la agitación diaria. Francisco, con la osadía de quien abandonó todas las cosas para encontrarlas de nuevo en Dios, le responde:

viernes, 24 de febrero de 2012

Hacia Dios por la penitencia (V)


Por Kajetan Esser, o.f.m.

Vida «sin nada propio» (II)


Evidentemente, el camino que lleva a la experiencia de Dios pasa por la penitencia. Difícilmente podríamos expresarnos mejor que el mismo Francisco: «Dichosos los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Son verdaderamente de corazón limpio los que desprecian lo terreno, buscan lo celestial y nunca dejan de adorar y contemplar al Señor Dios vivo y verdadero con corazón y ánimo limpio» (Adm 16). «Dijo Francisco una vez que el clérigo encumbrado, cuando venía a la orden, debía renunciar, en cierto modo, a la ciencia misma, para ofrecerse, expropiado de esa posesión, desnudo en los brazos del Crucificado... Quisiera que el hombre de letras me hiciese esta demanda de admisión: "Hermano, mira que he vivido por mucho tiempo en el siglo y no he conocido bien a mi Dios"» (2 Cel 194). Sólo después que se haya apartado de todo bien propio, comenzará a conocer en verdad a Dios, a amarlo y servirlo.

jueves, 23 de febrero de 2012

Hacia Dios por la penitencia (IV)


Por Kajetan Esser, o.f.m.

Vida «sin nada propio» (I)

¿Adónde conduce, «contando con la gracia del Omnipotente», el camino de renuncia de sí mismo y de penitencia?

En esta forma de vida se realiza el ideal franciscano de «vivir sin nada propio», con lo que el hermano menor se convierte ante Dios en un expropiado voluntario. En Francisco la pobreza interior y exterior es la forma básica de todo comportamiento religioso en general. Veamos, por ejemplo, con qué sencillez se expresa en el Saludo a las virtudes: «Nadie hay absolutamente en el mundo entero que pueda poseer a una de vosotras si antes no muere» (SalVir 5). Morir significa aquí negarse a sí mismo, no retener nada para sí, ser enteramente puro, vivir en pobreza interior y exterior. Sólo en esta muerte puede llegar a consumarse nuestra vida religiosa, nuestra vida de entrega absoluta a Dios. Sólo a través de esa desapropiación y desprendimiento, sólo a través de esa pobreza, será posible hacer vacío en nosotros mismos para que libremente y sin obstáculo pueda derramarse el amor de Dios:

miércoles, 22 de febrero de 2012

Hacia Dios por la penitencia (III)

Por Kajetan Esser, o.f.m.

La oración de abandono

La vida de renuncia y mortificación se nutre permanentemente, y es al mismo tiempo su efecto y su fruto, de la oratio devota, de la oración incesante de abandono, en la que el hombre se confía todo él en manos de Dios. La piedad antropocéntrica intenta, incluso en la oración, atrapar a Dios; en casos límites, trata de hacer de Dios un servidor del hombre. El verdadero cristiano, en cambio, por la oración se va poniendo del lado de Dios y se va haciendo cada vez más siervo de Dios. Francisco interpretaba la oración como conversación, en las formas más variadas, de todas las fibras del corazón en holocausto. Abandonábase a Dios en ella sin reserva alguna; y de tal manera se ponía a disposición de Dios que era «todo él no ya sólo orante, sino oración» (2 Cel 95).

martes, 21 de febrero de 2012

Hacia Dios por la penitencia (II)

Por Kajetan Esser, o.f.m.

Participación en el sacrificio de Cristo

La vida tras las huellas del Crucificado -«el verdadero amor de Cristo había transformado al amante en fiel imagen de Él» (2 Cel 135)-, Francisco la ve reproducida de forma siempre nueva en la participación sacramental del sacrificio de la santa misa, pues en ésta encuentra un permanente impulso para renovar la imitación de Cristo: «Como tenía en gran reverencia lo que es digno de toda reverencia, ofrecía el sacrificio de todos los miembros, y al recibir al Cordero inmolado inmolaba también el alma en el fuego que le ardía de continuo en el altar del corazón» (2 Cel 201).

lunes, 20 de febrero de 2012

Hacia Dios por le penitencia (I)


Por Kajetan Esser, OFM

La imitación del Crucificado

Si a san Francisco se le hubiera preguntado por el motivo de su extraordinaria ascesis, inmediatamente hubiera señalado sin duda al Crucificado. Como en todo lo demás, también aquí la contemplación de la vida del hombre-Dios Jesucristo y la escucha de su palabra inspiraron sus actitudes ascéticas. Era para él razón más que suficiente para obrar de idéntica manera: «Reparemos todos los hermanos en el buen Pastor, que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz. Las ovejas del Señor le siguieron en la tribulación y la persecución, en el sonrojo y el hambre, en la debilidad y la tentación, y en todo lo demás; y por ello recibieron del Señor la vida sempiterna» (Adm 6). Cristo, pobre y despreciado, crucificado, que invita a los hombres a imitar, o más bien, a reproducir, su vida, fue para Francisco el más poderoso incentivo para una vida de penitencia y mortificación.