Por Ignace Étienne Motte y
Gérald Hégo, OFM
La libertad
de san Francisco
La alegría de
Francisco tiene poco que ver con la exigua alegría del hombre que se levanta de
buen humor por la mañana; cierto que debe exteriorizarse, que debe leerse esta
alegría en los ojos, que debe ser participada, comunicada: el día de Navidad,
hasta las paredes deben untarse con carne. Pero la alegría de Francisco es la
explosión del corazón de aquel para quien cada mañana es mañana de liberación;
la alegría de quien está salvado y, con un solo hábito, sin dinero, provisto
únicamente de la sonrisa, va por el mundo a compartir su propia liberación
pascual y su nostalgia del Reino. Alegría de quien ya no es esclavo sino hijo;
alegría de quien, liberado de la ley, ama apasionadamente y hace lo que quiere,
porque su ley es la caridad. Su andadura, en el austero caminar sobre la
tierra, es una danza ligera y libre porque él sabe, porque él cree que, aun en
medio de su búsqueda ansiosa, Dios está presente y Dios lo salva.