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domingo, 26 de agosto de 2012

Mansedumbre y cortesía,
virtudes típicas de San Francisco (IV)


Por María Sticco

Suele decirse que una persona cortés siempre y con todos no puede ser sincera. Si por sinceridad entendemos espontaneidad instintiva, entonces la cortesía puede convertirse en una máscara «muy a tono»; mas cuando los instintos de agresividad y de repulsa son dominados de antemano por la mansedumbre de no juzgar, de no condenar, la cortesía es genuina, es abnegación de sí mismo, no por gusto propio sino por complacer a los demás, y se expresa en alegría. Por otra parte, la cortesía de san Francisco traspasaba todas las fronteras de la amistad y de la conveniencia, y se extendía, ¡con cuánta delicadeza!, hasta los ladrones de monte Casale, los herejes, los mahometanos.

sábado, 25 de agosto de 2012

Mansedumbre y cortesía, virtudes típicas de San Francisco de Asís (III)


Por María Sticco

Cortesía significaba «uso de corte... cuando en las cortes antiguamente brillaban las virtudes y las buenas costumbres» (Dante: El Convite II, X, 8); cortesía significaba lealtad, proeza, liberalidad, o sea, generosidad en dar espléndidamente, sin reservas. Los trovadores iban cantando de castillo en castillo las loas del señor cortés, que se ataviaba «con el honor de la bolsa y de la espada», y el honor de la bolsa consistía en dar «con pronta liberalidad, dar a muchos, dar cosas útiles, dar sin haber sido rogado». Y el dar pronto a muchos «se asemeja a los beneficios de Dios, que es bienhechor universalísimo» (Dante: El Convite I, VIII, 2-4).

Esta cortesía ideal, que el niño Francisco había oído celebrar en las canciones provenzales, en las gestas de los paladines, en los romances del ciclo de Artús, y quién sabe si en los cuentos de su madre, florecía bajo la nieve y las zarzas de la ascética en la fantasía mística del convertido. La transfiguración de sí mismo en heraldo del gran Rey precisamente cuando, pobre y andrajoso, fue arrojado por unos bandoleros a una fosa de nieve del Subasio; la transfiguración de sus primeros compañeros en hijos del gran Rey, abandonados en el desierto, pero conservando siempre los derechos reales; la transformación de la aborrecida y humillante pobreza en dama Pobreza, su esposa y señora, así como la de los hermanos en caballeros de la tabla redonda; el saludo a las virtudes, como a parejas de nobles damas que desfilan en cortejo precediendo o acompañando a su soberana, son todo ello, en el fondo, fantasías caballerescas aplicadas metafóricamente a su mundo religioso.

Pero Francisco era hombre de oración y de acción. Como hombre de oración pensaba que «la cortesía es una de las propiedades de Dios quien, por cortesía, da su sol y su lluvia a justos e injustos, y es hermana de la caridad» (Florecillas 36). Como hombre de acción convertía en vida sus conceptos; y he aquí la incomparable cortesía del Poverello que, sin poseer nada, daba siempre. La mayor mortificación para un pródigo como rey de las fiestas debió consistir precisamente en no tener ya nada para dar. Su cortesía, no obstante, era así de ingeniosa como para encontrar todavía algo en sí para los mendigos: la capucha, el manto, la túnica, una manga de túnica, un retazo del manto. La historia de los mantos, o mejor, de los vestidos de san Francisco, constituye una pequeña epopeya, y comienza cuando, joven todavía en el mundo, cede su flamante armadura nueva a un noble venido a menos (cf. 2 Cel 5).

Fue cortés con sus hermanos. Para el fidelísimo fray León escribió de su propio puño una bendición especial (2 Cel 49). Poco antes de la muerte, cuando vio los «mostaccioli» (especie de bizcochos) traídos por la señora Jacoba, pensó en fray Bernardo, el primero de la primera hora: «Este manjar le sabrá bien al hermano Bernardo» (LP 12). Amó con predilección a fray Ángel de Rieti «excelente por su cortesía» (EP 85). Llegaba a adivinar el deseo de los hermanos que venían de lejos para pedir su bendición, o para oír una palabra tranquilizadora de sus conciencias, o en busca de una reliquia suya o incluso de su túnica; y bien pronto los dejaba complacidos privándose gustoso aun de lo más estrictamente necesario. Al fin de su vida, intuyendo el deseo de un hermano de hacerse con su túnica después de la muerte, se la ofreció, privándose de poderla dar a otro: «Te entrego esta mi túnica y sea en adelante tuya. Aunque la utilice mientras viva, a mi muerte te será devuelta» (2 Cel 50).

Fue todo un caballero para con las mujeres dignas de su protección o de su amistad, como Clara de Offreduccio, Jacoba de Settesoli, o como aquella desconocida que vino a pedirle la conversión de su marido que la tiranizaba; caballeroso con las madres de sus hermanos, a las que nunca les negó la ayuda, aunque costase el sacrificio de desprenderse del único ejemplar del Evangelio que poseía la pobre comunidad; de espíritu caballeresco con las mendigas ancianas hasta el grado de mandarles anónimamente y como «restitución» el manto o la tela de que podía disponer (cf. 2 Cel 92; LP 89; EP 33).

Fue cortés con los hombres más alejados de su ideal, como los ricos y todos aquellos que «viven y comen con regalo y visten lujosamente»; cortés, pero con una cortesía no formalista, sino derivada de la consideración de que «Dios es Señor nuestro y de ellos», y deben ser reverenciados como hermanos y señores (cf. TC 58).

viernes, 24 de agosto de 2012

Mansedumbre y cortesía, virtudes típicas de San Francisco de Asís (II)


Por María Sticco

Donde más resplandece la mansedumbre de san Francisco es en el comportamiento con sus hermanos, quienes le hicieron sufrir, y no tanto por una relajación culpable, cuanto por la imposibilidad humana de seguir su excepcional ejemplo. Respetuoso en extremo de la libertad ajena, no procedía autoritariamente contra los que rehusaban las reglas como «pesadas e insoportables»; manifestaba su voluntad inspirada por el Señor, mas «no quería entablar polémicas con ellos; se adaptaba a su voluntad, aun contra la suya propia. Después, ante el Señor, pedía perdón por ello» (LP 101). En compensación, él observaba con el máximo rigor la Regla, o sea, el Evangelio.

jueves, 23 de agosto de 2012

Mansedumbre y cortesía, virtudes típicas de San Francisco (I)


Por María Sticco

Desde lo alto de los muros ferrugientos, las cárceles de Perusa miraban a Asís, pálidas, en las faldas del Subasio. El año 1202 encontrábanse allí, prisioneros de guerra, los vencidos en la batalla de Collestrada, quienes recibían del sol naciente a las espaldas de su ciudad el primer saludo del día. Entre los prisioneros, Francisco de Pedro Bernardone era el único que gastaba siempre buen humor; no se rebelaba contra la suerte, la aceptaba con intrépida alegría, como si se tratara de una aventura, preludio de otras mayores. Querido de todos por su optimismo y cordialidad, se valió de la simpatía que despertaba su persona para ayudar a un compañero de cautiverio, que era el polo opuesto a él: soberbio, molesto, lleno de sí mismo, alejado de los demás. Francisco, no obstante, se le acercó sin impacientarse, «soportó a aquel inaguantable», lo amansó con su cortés mansedumbre, lo reintegró al grupo (cf. 2 Cel 4; TC 4).