El sacrificio
celeste instituido por Cristo constituye efectivamente la rica herencia del
nuevo Testamento que el Señor nos dejó, como prenda de su presencia, la noche
en que iba a ser entregado para morir en la cruz.
Éste es el
viático de nuestro viaje, con el que nos alimentamos y nutrimos durante el
camino de esta vida, hasta que saliendo de este mundo lleguemos a él; por eso
decía el mismo Señor: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tenéis
vida en vosotros.