miércoles, 28 de diciembre de 2011

Pensamiento Franciscano - 28Dic11

San Francisco quería que, en la Navidad del Señor, «por reverencia al Hijo de Dios, a quien esa noche la Santísima Virgen María acostó en un pesebre entre el buey y el asno, todos aquellos que tuvieran alguno de estos animales les dieran esa noche abundante y buen pienso; igualmente, que todos los ricos dieran en ese día sabrosa y abundante comida a los pobres». Y quería que en este día todo cristiano saltara de gozo en el Señor y que, por amor de quien se nos entregó a nosotros, todos agasajaran con largueza no sólo a los pobres, sino a los animales y a las aves (cf. EP 114).

Fuente: Directorio Franciscano - Año Cristiano Franciscano

San Francisco de Sales


Obispo y doctor de la Iglesia, patrono de los periodistas. [Murió el 28 de diciembre y su memoria se celebra el 24 de enero, aniversario de su sepultura en Annecy]. Hijo del marqués de Sales, nació en el castillo de Thorens (Saboya, Francia) el año 1566.

Recibió una educación esmerada y se doctoró «in utroque iure» en Padua. Ordenado de sacerdote, trabajó intensamente por la renovación de la fe católica en su patria. Nombrado obispo de Ginebra, actuó como un verdadero pastor para con el clero y los fieles, tratando a todos con su proverbial dulzura, instruyéndolos en la fe con su palabra y sus escritos.

Recondujo a la comunión católica a muchos, calvinistas y otros, que se habían separado de ella. En sus obras ascético-místicas propone una santidad fundada por entero en el amor de Dios, y accesible a todas las condiciones sociales. Fundó con santa Juana de Chantal la Orden de la Visitación.

Murió en Lyón el 28 de diciembre de 1622, y el 24 de enero siguiente fue definitivamente sepultado en Annecy (Saboya).

Oración: Señor, Dios nuestro, tú has querido que el santo obispo Francisco de Sales se entregara a todos generosamente para la salvación de los hombres; concédenos, a ejemplo suyo, manifestar la dulzura de tu amor en el servicio a nuestros hermanos. Por Jesucristo, nuestro Señor.  Amén.

Fuente: Directorio Franciscano - Año Cristiano Franciscano

Los Santos Inocentes


Son los niños, mártires, a quienes asesinó el rey Herodes persiguiendo al Niño Jesús. El hecho nos lo refiere san Mateo. Nacido Jesús en Belén, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?». El rey Herodes se sobresaltó, llamó aparte a los magos y averiguó el tiempo de la aparición de la estrella que los guiaba. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad, y cuando encontréis al niño, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle».

Ellos llegaron a Belén, entraron en la casa, vieron al niño y, postrándose, le adoraron. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino. Después el Ángel del Señor se apareció a José y le dijo que huyera a Egipto. El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto. Herodes, al ver que había sido burlado, se enfureció y envió a matar a todos los niños de Belén y de su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos.-

Oración: Los mártires Inocentes proclaman tu gloria en este día, Señor, no de palabra, sino con su muerte; concédenos, por su intercesión, testimoniar con nuestra vida la fe que confesamos de palabra. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Fuente: Directorio Franciscano - Año Cristiano Franciscano

martes, 27 de diciembre de 2011

Sermón de Montesinos

(Autor: José Arregui, Teólogo)

El miércoles, 21 de diciembre, celebramos, aunque no se nombre, el quinto centenario de la primera proclamación de los derechos humanos. Hace 500 años no existía la ONU, que se fundó con muy buena intención, para no permitir que cometieran atrocidades unos pueblos contra otros, y proclamó la Carta Universal de los Derechos Humanos, pero luego apenas se ha notado. Hace 500 años también había atrocidades, y algunas de las más horribles tenían lugar en los pueblos de América, de la mano de cristianos y en nombre de Dios.Pero el 21 de diciembre de 1511, levantó su voz un fraile dominico, Antonio de Montesinos, recién llegado del convento de San Esteban de Salamanca. Quiero recordarlo, porque es para no olvidar, por lo que entonces pasó y por lo que sigue pasando.

Sucedió en una iglesia de la isla La Española –hoy República Dominicana y Haití–, adonde Cristóbal Colón había llegado apenas 20 años antes, pensando que llegaba a la India por el Oeste, para que la ruta del comercio fuera más breve y las ganancias más abundantes.La iglesia se hallaba repleta de soldados, capitanes y regidores, de encomenderos laicos o clérigos, de repartidores y pacificadores (es decir, conquistadores), y de toda suerte de señores que explotaban con idéntica avidez, siempre insaciable, las minas de oro y plata de La Española.

Se celebraba el cuarto domingo de Adviento, vísperas de Navidad. Allí se encontraba el mismísimo virrey Diego Colón, hijo primogénito de Cristóbal Colón. Se acababa de leer en latín, para que nadie lo entendiera, el texto del evangelio que cuenta cómo el Sanedrín judío envió una comisión de sacerdotes adonde Juan el Bautista, que alteraba el orden con su predicación subversiva, a preguntarle: “¿Tú quién eres?”. Y él les respondió: “Yo soy la voz que clama en el desierto: ‘Preparad el camino al Señor’” (Juan 1,23).

Fray Antonio de Montesinos subió al púlpito. Se santiguó en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, es decir, en el nombre de la Vida: la Madre de la Vida, el Fruto de la Vida, el Futuro de la Vida. Se sacudió de encima la prudencia del momento, la consideración del auditorio, el criterio de los intereses, el miedo de los poderosos. Invocó al Espíritu de la rebelión y del consuelo, y comenzó a traducir en román paladino el sermón del Bautista (cito sus palabras textuales):

“Esta voz dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tantas infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos de sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?  Tened por cierto que en el estado en que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen o no quieren la fe de Cristo”. 

Diego Colón y todos los notables salieron indignados. También salió indignado Bartolomé de Las Casas, pero cuatro años después se convirtió, es decir, cambió de manera de pensar y de sentir, se hizo dominico, fue nombrado obispo de Chiapas y llegó a ser “el defensor de los indios”, y a él debemos la crónica del sermón de Montesinos.

Salieron, pues, y reprendieron duramente a la comunidad de dominicos. El sermón de fray Antonio era intolerable. Debía retractarse públicamente de todas y cada una de aquellas acusaciones. Los frailes se reunieron en capítulo. Al domingo siguiente, ya en plena Navidad, fray Antonio de Montesinos volvió a subir al púlpito y, según lo acordado en el capítulo conventual, volvió a predicar de la misma manera, defendiendo la dignidad, la humanidad, la libertad, la vida de los indios. Montesinos molestaba y al final lo mataron, como suele suceder. Y a este mártir nadie lo ha proclamado santo, como también suele suceder. Pero en el malecón del paseo marítimo de la ciudad de Santo Domingo se levanta su estatua de bronce de 15 metros de altura, frente al mar Caribe, en ademán de gritar a todo el Viejo Mundo de ayer y de hoy, con los ojos encendidos, los músculos de la cara tensos, la mano derecha apoyada en el púlpito y la izquierda ahuecada junto a la boca haciendo de altavoz. Frente a las límpidas aguas verdes y turquesas del Caribe, con sus arrecifes de 60 tipos de corales, con sus 500 especies de peces, allí sigue el fraile Montesinos, denunciando la cruel historia sufrida por los pueblos de Cem Anahuac (“Tierra rodeada de aguas” en la lengua de los aztecas) o de Abya Yala (“Tierra de la vida” en la lengua de los Kuna de Panamá y Colombia), que los conquistadores llamaron “Nuevo Mundo” como si ellos lo acabaran de crear, cuando era que lo estaban destruyendo.

Allí sigue fray Antonio Montesinos denunciando las atrocidades cometidas por los reinos cristianos de Dakota a Patagonia. Allí sigue delatando todas las conquistas realizadas bajo pretexto de evangelización y todas las evangelizaciones llevadas a cabo al amparo de la conquista y de la colonización. Allí sigue siendo la voz del 95% de la población indígena que, en poco más de 100 años, fue exterminado por las armas y por las epidemias de viruela, tifus, gripe, difteria o sarampión llevadas por los europeos; la voz de las culturas destruidas, la mexicanas, la maya, la incaica y tantas otras: las lenguas, el arte, los mitos, los ritos, los templos; el clamor de muchos millones de africanas y africanos capturados y trasladados a la tierra de las aguas y de la vida para ser esclavos y morir.

Fray Antonio Montesinos no hablaría hoy de pecado mortal, de moros, de turcos y de infierno, pero seguiría diciendo: “¡Escuchad, hermanas, hermanos todos! Escuchad la voz de los innumerables muertos, de los incontables esclavos de la tierra. Escuchad la voz de la historia, la voz del futuro. Escuchad la voz de las selvas, la voz de los mares, la voz de los aires. Escuchad la voz del Nuevo Mundo posible y necesario. Escuchad la voz de la justicia, la voz de la misericordia. Escucha la voz de la Vida, la voz de Dios. ¡Escuchad y convertíos! Si no os convertís, nadie sobrevivirá, tampoco vosotros sobreviviréis. Pero, hermanas, hermanos, ¡por amor de Dios!, permitid que la Vida viva y sea feliz. Permitid que los ángeles puedan seguir cantando en la Nochebuena. Permitid que los niños sigan cantando villancicos verdaderos por todas las calles. Permitid que soñemos junto con el niño Jesús de Belén, y que, junto a él, podamos derramar dulces lágrimas de ternura y esperanza de un mundo nuevo”.

Pensamiento Franciscano - 27Dic11

Dice san Francisco en su Carta a la Orden: -¡El Señor del universo, Dios e Hijo de Dios, de tal manera se humilla, que por nuestra salvación se esconde bajo una pequeña forma de pan! Ved, hermanos, la humildad de Dios y derramad ante él vuestros corazones (Sal 61,9); humillaos también vosotros para que seáis ensalzados por Él. Por consiguiente, nada de vosotros retengáis para vosotros, a fin de que os reciba todo enteros el que se os ofrece todo entero (CtaO 27-29).

Fuente: Directorio Franciscano - Año Cristiano Franciscano

lunes, 26 de diciembre de 2011

Pensamiento Franciscano - 26Dic11

San Francisco rezaba con mucha frecuencia: -El santísimo Padre del cielo, Rey nuestro antes de los siglos, envió a su amado Hijo de lo alto, y nació de la bienaventurada Virgen santa María (OfP 15,3).

Fuente: Directorio Franciscano - Año Cristiano Franciscano

domingo, 25 de diciembre de 2011

Pensamiento Franciscano - 25Dic11

Dice la Leyenda de Perusa: Francisco celebraba la fiesta de Navidad con mayor reverencia que cualquier otra fiesta del Señor, porque, si bien en las otras solemnidades el Señor ha obrado nuestra salvación, sin embargo, como él decía, comenzamos a ser salvos desde el día en que nació el Señor. Por eso quería que en ese día todo cristiano se alegrase en el Señor y que, por amor de Aquel que se nos dio a sí mismo, todo hombre fuese alegremente dadivoso no sólo con los pobres, sino también con los animales y las aves (LP 14).

Fuente: Directorio Franciscano - Año Cristiano Franciscano

Natividad del Señor

«A Cristo, que por nosotros ha nacido, venid, adorémosle». El Evangelio según san Lucas nos cuenta así lo sucedido: «En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero, y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. Y un ángel del Señor se les presentó y les dijo: "No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre". De pronto apareció una legión del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: "Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios ama".

Cuando los ángeles los dejaron, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón».

Oremos: A los que celebramos con alegría cristiana el nacimiento de tu Hijo, concédenos, Señor, penetrar con fe profunda en este misterio y amarlo cada vez con amor más entrañable. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo, nuestro Señor.  Amén.

Fuente: Directorio Franciscano - Año Cristiano Franciscano

sábado, 24 de diciembre de 2011

Mensaje de Navidad 2011

Rubén Antonio González Medina, cmf. 
Obispo de Diócesis de Caguas


Dios ha  amado  tanto a la humanidad que decidió desposarse con ella, por eso, eligió  una Virgen hebrea, a María de Nazaret.  Fruto de ese amor por la humanidad, nació el MESIAS, Jesús, el Dios con nosotros, a quien reconocemos como el Hijo del Dios bendito, El Salvador.         
                      
Desde entonces Dios y el ser humano ya nunca pueden estar lejos.  Dios y la humanidad se han unido tan profundamente que no se oponen, sino que se suman.

La Navidad es el SI de Dios al ser humano. El Si de Dios a cada mujer y cada hombre  que se siente solo y abandonado.  El SÍ de Dios a su pueblo y a todos los pueblos de la tierra.  No  hay que tener miedo, porque El Emanuel, el Dios con nosotros, el Dios hecho hombre, ha puesto su casa en medio del pueblo, vive entre nosotros como un vecino más , camina junto a nosotros, sus palabras iluminan y dan fortaleza, llenan de esperanza y transforman nuestros corazones.

Al Celebrar la Navidad recordemos;  “Que el Verbo de Dios,  haciéndose carne en Jesucristo, se hizo también historia y cultura”. Benedicto XVI.

Se parte de esta historia, de esta cultura, promoviendo a partir de la Navidad y durante todo este Nuevo Año una Campaña de Respeto y Paz, que retome la importancia de los valores de la verdad, justicia, amor y libertad como medios para obtener el bien común, y así logremos “que la renovación de la vida pública de nuestro pueblo esté ligada a un efectivo respeto de estos valores” .

Que la celebración de la Navidad y la llegada del Nuevo Año te motiven anunciar  con tu vida, que  el amor y la  paz  se hacen presentes, donde hay personas como tú y  como yo, que  nos  decidimos a marcar la diferencia. No lo dudes. Porque juntos decidimos avanzar, por un Puerto Rico, donde  reine el  respeto y  la paz.


P. Rubén A. González Medina, c.m.f.
Obispo de la Diócesis de Caguas

Padre Nuestro de Nochebuena


Padre nuestro.  Padre de Jesús, Padre de todos los seres del mundo.

Que estás en los cielos.  Que estás cuando te abrimos las puertas y en los pesebres y en los portales donde hay un poquito de amor.

Santificado sea tu nombre.  Que la gente aprenda a bendecirte.  Que los niños del mundo tengan tu nombre como el nombre de un buen amigo.

Venga a nosotros tu reino.  Que aprendamos a vivir como Tú nos enseñaste, acercándonos a los pequeños y enfermos, dando ayuda a los más necesitados.

Hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo.  Que nos amemos todos.  Que nos amemos mucho y siempre.  Que logremos que todos se sientan queridos de verdad.

Danos hoy nuestro pan de cada día.  Que entre todos logremos que haya pan para todos. Que sepamos querernos y aprendamos a compartirlo, y que nos sintamos más felices compartiendo que acaparando.

Perdona nuestras ofensas como también perdonamos a los que nos ofenden.  Nosotros estamos aprendiendo a perdonar.  Tú nos enseñas y nosotros aprendemos. Hoy no tenemos ningún enemigo.  Vamos a enseñar a la gente a que viva mucho mejor perdonando que vengándose.

Y no nos dejes caer en la tentación.  En la tentación de abusar, de fastidiar, de amenazar.  Enséñanos que el amor es mejor que la guerra, que el piano es mejor que la metralleta, que la sonrisa es mucho mejor que el grito amenazador.  Que no abusemos de nadie.  Que no dejemos que los fuertes abusen de los débiles.

Y líbranos del mal.  De todos los males: del hambre y la tristeza; de los accidentes y la guerra, de las enfermedades y las injusticias, y enséñanos a librar a todos de sus males.

Amén.

Esta noche es Nochebuena

(Benedicto XVI, Ángelus del 24 de diciembre de 2006)



Queridos hermanos y hermanas:

La celebración de la santa Navidad ya es inminente. La vigilia de hoy nos prepara para vivir intensamente el misterio que esta noche la liturgia nos invitará a contemplar con los ojos de la fe. En el Niño divino recién nacido, acostado en el pesebre, se manifiesta nuestra salvación. En el Dios que se hace hombre por nosotros, todos nos sentimos amados y acogidos, descubrimos que somos valiosos y únicos a los ojos del Creador. El nacimiento de Cristo nos ayuda a tomar conciencia del valor de la vida humana, de la vida de todo ser humano, desde su primer instante hasta su ocaso natural. A quien abre el corazón a este «niño envuelto en pañales» y acostado «en un pesebre» (cf. Lc 2,12), él le brinda la posibilidad de mirar de un modo nuevo las realidades de cada día. Podrá gustar la fuerza de la fascinación interior del amor de Dios, que logra transformar en alegría incluso el dolor.

Preparémonos, queridos amigos, para encontrarnos con Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros. Al nacer en la pobreza de Belén, quiere hacerse compañero de viaje de cada uno. En este mundo, desde que él mismo quiso poner aquí su "tienda", nadie es extranjero. Es verdad, todos estamos de paso, pero es precisamente Jesús quien nos hace sentir como en casa en esta tierra santificada por su presencia. Pero nos pide que la convirtamos en una casa acogedora para todos. Este es precisamente el don sorprendente de la Navidad: Jesús ha venido por cada uno de nosotros y en él nos ha hecho hermanos. De ahí deriva el compromiso de superar cada vez más los recelos y los prejuicios, derribar las barreras y eliminar las contraposiciones que dividen o, peor aún, enfrentan a las personas y a los pueblos, para construir juntos un mundo de justicia y de paz.

Con estos sentimientos, queridos hermanos y hermanas, vivamos las últimas horas que nos separan de la Navidad, preparándonos espiritualmente para acoger al Niño Jesús. En el corazón de la noche vendrá por nosotros. Pero su deseo es también venir a nosotros, es decir, a habitar en el corazón de cada uno de nosotros. Para que esto sea posible, es indispensable que estemos disponibles y nos preparemos para recibirlo, dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior, en nuestras familias, en nuestras ciudades. Que su nacimiento no nos encuentre ocupados en festejar la Navidad, olvidando que el protagonista de la fiesta es precisamente él. Que María nos ayude a mantener el recogimiento interior indispensable para gustar la alegría profunda que trae el nacimiento del Redentor. A ella nos dirigimos ahora con nuestra oración, pensando de modo especial en los que van a pasar la Navidad en la tristeza y la soledad, en la enfermedad y el sufrimiento. Que la Virgen dé a todos fortaleza y consuelo.