De la carta de san Francisco a un
ministro: «Si alguno de los hermanos, por instigación del enemigo, pecara
mortalmente, esté obligado por obediencia a recurrir a su guardián. Y todos los
hermanos que sepan que ha pecado, no lo avergüencen ni lo difamen, sino tengan
gran misericordia de él, y mantengan muy oculto el pecado de su hermano; porque
no necesitan médico los sanos sino los que están mal» (CtaM 14-15).
"La Regla y la vida de los franciscanos seglares es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo siguiendo el ejemplo de San Francisco de Asís, que hizo de Cristo el inspirador y centro de su vida con Dios y con los hombres. Los Franciscanos seglares dedíquense asiduamente a la lectura del Evangelio, y pasen del Evangelio a la vida y de la vida al Evangelio."
martes, 25 de septiembre de 2012
lunes, 24 de septiembre de 2012
Pensamiento Franciscano
De las Admoniciones de
san Francisco: «No he venido a ser servido, sino a servir, dice el
Señor. Aquellos que han sido constituidos sobre los otros, gloríense de esa
prelacía tanto, cuanto si hubiesen sido destinados al oficio de lavar los pies
a los hermanos. Y cuanto más se turban por la pérdida de la prelacía que por la
pérdida del oficio de lavar los pies, tanto más acumulan en la bolsa para
peligro de su alma (cf. Jn 12,6)» (Adm 4).
domingo, 23 de septiembre de 2012
Alzaré fuerte mi voz a Él y no cesaré
De las Cartas de San Pío de Pietrelcina
En fuerza de esta obediencia me resuelvo a
manifestarle lo que sucedió en mí desde el día 5 por la tarde que se prolongó
durante todo el 6 del corriente mes de agosto [de 1918].
No soy capaz de decirle lo que pasó a lo largo
de este tiempo de superlativo martirio. Me hallaba confesando a nuestros
muchachos la tarde del 5, cuando de repente me llené de un espantoso terror
ante la visión de un personaje celeste que se me presenta ante los ojos de la
inteligencia. Tenía en la mano una especie de dardo, semejante a una larguísima
lanza de hierro con una punta muy afilada y parecía como si de esa punta
saliese fuego. Ver todo esto y observar que aquel personaje arrojaba con toda
violencia tal dardo sobre el alma fue todo uno. A duras penas exhalé un gemido,
me parecía morir. Le dije al seráfico que se marchase, porque me sentía mal y
no me encontraba con fuerzas para continuar. Este martirio duro sin
interrupción hasta la mañana del día siete. No sabría decir cuánto sufrí en
este periodo tan luctuoso. Sentía también las entrañas como arrancadas y
desgarradas por aquel instrumento mientras todo quedaba sometido a hierro y
fuego.
Pensamiento Franciscano
Dice san Francisco en su Regla: «Todos los hermanos
empéñense en seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo, y
recuerden que ninguna otra cosa del mundo debemos tener, sino que, como dice el
Apóstol: teniendo alimentos y con qué cubrirnos, estamos contentos con eso. Y
deben gozarse cuando conviven con personas de baja condición y despreciadas,
con pobres y débiles y enfermos y leprosos y los mendigos de los caminos» (1 R
9,1-2).
San Pío de Pietrelcina
Nació en Pietrelcina (Benevento, Italia) el año
1887, y en 1903 entró en la Orden Capuchina. Ordenado de sacerdote en 1910, fue
destinado en 1916 al convento de San Giovanni Rotondo, donde permaneció hasta
su muerte, desarrollando una extraordinaria aventura de taumaturgo y de apóstol
del confesonario. Desde 1918 llevó en su cuerpo las llagas del Señor y fue
objeto de otros dones divinos extraordinarios. Se santificó viviendo a fondo en
carne propia el misterio de la cruz de Cristo y cumpliendo en plenitud su
vocación de colaborador en la Redención. Centró su vida pastoral en la
dirección espiritual de los fieles, la reconciliación sacramental de los
penitentes y la celebración de la Eucaristía. Su preocupación por los pobres y
los enfermos se materializó en la «Casa Alivio del Sufrimiento». Otra
iniciativa suya fueron los grupos de oración, que rápidamente se extendieron
por todo el mundo. Murió el 23 de septiembre de 1968 en San Giovanni Rotondo
(Apulia). Juan Pablo II lo beatificó en 1999 y lo canonizó en 2002.
Oración: Dios omnipotente y eterno que, con gracia singular concediste al
sacerdote san Pío participar en la cruz de tu Hijo y, por medio de su
ministerio, has renovado las maravillas de tu misericordia, concédenos, por su
intercesión, que unidos constantemente a la pasión de Cristo podamos llegar
felizmente a la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
sábado, 22 de septiembre de 2012
La vía de la conversión en San Francisco de Asís (I)
«El Señor me llevó entre los leprosos»
Por Lázaro Iriarte, OFMCap
La conversión,
en sentido teológico, puede entenderse como el triunfo de la acción salvífica
de Dios, que logra la respuesta del hombre en un grado tal de disponibilidad
que éste experimenta «el arrancarse del pecado y ser introducido en el misterio
del amor del Creador, de quien se siente llamado a iniciar una comunicación con
Él en Cristo. El nuevo convertido, en efecto, por la acción de la gracia
divina, emprende un camino espiritual por el que, participando ya por la fe del
misterio de la muerte y de la resurrección, pasa del hombre viejo al nuevo
hombre perfecto en Cristo» (Vaticano II: Ad gentes 13).
Pensamiento Franciscano
San
Francisco escribió a los fieles: «Todos los que aman al Señor con todo el
corazón, con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y aman a
sus prójimos como a sí mismos, y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados,
y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y hacen frutos
dignos de penitencia: ¡Oh cuán bienaventurados y benditos son ellos y ellas,
mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, porque descansará
sobre ellos el Espíritu del Señor y hará en ellos habitación y morada» (1CtaF
1-6).
viernes, 21 de septiembre de 2012
Pensamiento Franciscano
Dice san Francisco en su Carta a toda la Orden:
«Considerad vuestra dignidad, hermanos sacerdotes, y sed santos, porque Él es santo.
Y así como el Señor Dios os ha honrado a vosotros sobre todos por causa de este
ministerio, así también vosotros, sobre todos, amadlo, reverenciadlo y
honradlo. Gran miseria y miserable debilidad, que cuando lo tenéis tan presente
a Él en persona, os preocupéis de cualquier otra cosa del mundo». (CtaO 23-25).
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