Por Kajetan Esser, OFM
Todos somos
hermanos porque todos somos hijos del Padre que está en el cielo, y nuestra
unidad fraterna es el signo del nuevo pueblo de Dios, de los siervos de Dios en
la nueva alianza: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os
amáis unos a otros» (Jn 13,35). Así pues, el amor mutuo que nosotros, como «hermanos
menores» y siervos de Dios, debemos hacer realidad plenamente y sobre todo en
la Iglesia, es el principal servicio que tenemos que prestar al Reino de Dios,
a su realización aquí y ahora.