Por Michel Hubaut, OFM
«Otro modo de comportarse entre los infieles, que, cuando les parezca que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios para que crean en Dios omnipotente, Padre, e Hijo, y Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y se hagan cristianos» (1 R 16,7).
Este anuncio público y explícito de Cristo por los caminos de Palestina fue para Francisco, después de algunos años de trabajo manual y de servicio en las leproserías, el modelo de anuncio que adoptó. Apenas trabajará ya con sus manos. Su «anuncio» misionero tomará ese ritmo binario tan característico de su espiritualidad. Vivirá más de la mitad de su tiempo retirado, en la oración contemplativa gratuita, y la otra mitad estará consagrada a la predicación-exhortación itinerante.
Desde los orígenes de la Orden, ese tipo de «anuncio» del Santo Evangelio es evidente: invitación apremiante a la penitencia, a la conversión del corazón para acoger la Buena Nueva, los bienes del Reino, el precio de la Salvación ofrecido por Cristo. Apenas rodeado de siete compañeros, «Francisco les manifestó su proyecto de enviarles a las cuatro partes del mundo... como trazando una inmensa señal de la cruz.... "Marchad, les dijo, carísimos, de dos en dos por las diversas partes de la tierra, anunciando a los hombres la paz y la penitencia para remisión de los pecados"» (LM 3,7; 1 Cel 23 y 29).
Su sentido universal, católico, de ese anuncio se desborda en sus Cartas, como, por ejemplo, la dirigida «a las autoridades de los pueblos», con el empleo tan frecuente de la palabra «todo». Muy pronto los compañeros podrán escribir: «Los hermanos fueron enviados a casi todas las partes del mundo» (TC 62).
Esta dimensión misionera del anuncio explícito y universal es fundamental para la familia franciscana. ¿Incoherencia? ¿Contradicción entre estas dos formas de «anuncio» queridas por Francisco mismo? No.
Por el contrario, intuición unificadora del misterio de la misión permanente y actual de Cristo. ¡Francisco es capaz de planear para sus hermanos un tipo de «anuncio» que él personalmente no vivirá! A lo largo de nuestra historia franciscana, ha sido privilegiado uno u otro «anuncio» del Santo Evangelio. Cada época, cada país tiene necesidades imperiosas que postulan el uno o el otro. El peligro está en la exclusión sistemática del uno o del otro, por costumbre, por falta de audacia o por reducción inconsciente de la visión amplia de san Francisco. Lo más extraño sería ver a unos hermanos cerrarse a los que tienen que vivir el anuncio que es complementario del que ellos mismos viven, cuando la misión franciscana exige para ser completa, tal como Francisco la quiso, la permanencia de esos dos tipos de anuncio del Santo Evangelio. Una vez más, aquí, la vida evangélica franciscana no puede ni debe ser encarnada por un solo tipo de hermano, ni siquiera por un solo tipo de fraternidad.
Por el contrario, intuición unificadora del misterio de la misión permanente y actual de Cristo. ¡Francisco es capaz de planear para sus hermanos un tipo de «anuncio» que él personalmente no vivirá! A lo largo de nuestra historia franciscana, ha sido privilegiado uno u otro «anuncio» del Santo Evangelio. Cada época, cada país tiene necesidades imperiosas que postulan el uno o el otro. El peligro está en la exclusión sistemática del uno o del otro, por costumbre, por falta de audacia o por reducción inconsciente de la visión amplia de san Francisco. Lo más extraño sería ver a unos hermanos cerrarse a los que tienen que vivir el anuncio que es complementario del que ellos mismos viven, cuando la misión franciscana exige para ser completa, tal como Francisco la quiso, la permanencia de esos dos tipos de anuncio del Santo Evangelio. Una vez más, aquí, la vida evangélica franciscana no puede ni debe ser encarnada por un solo tipo de hermano, ni siquiera por un solo tipo de fraternidad.
Es verdad, sin embargo, que cada hermano menor, y cada fraternidad, deberá interrogarse siempre sobre su opción y sobre la verdad del tipo de «anuncio» que el Señor o la Iglesia le ha confiado. Ninguno de los dos funciona automáticamente; cada uno de ellos necesita plantearse periódicamente unos interrogantes valientes. ¿Anuncia mi vida el Evangelio? ¿Qué queda en mi vida personal, en mi vida comunitaria, de aquel soplo misionero universal que animaba a Francisco y a sus hermanos?
Conclusioón
Recordemos, finalmente, para no traicionar la intuición de Francisco, que concluye su capítulo sobre la misión entre los infieles diciendo: «Y todos los hermanos, dondequiera que estén -cualquiera que sea el tipo de anuncio vivido-, recuerden que se dieron y abandonaron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos tanto visibles como invisibles...» (1 R 16,10-11). Y termina este capítulo misionero con doce citas evangélicas cuya ilación es la persecución y las pruebas.
Está claro para Francisco que todos los hermanos deben participar en los sufrimientos y en la misión redentora de Cristo. Para él, las dificultades, las pruebas no constituyen un deplorable obstáculo para la misión, sino que ellas son un elemento constitutivo de la misma. Por otro lado, él consideró siempre el envío a misión como un don de la propia vida. Francisco «partirá» siempre para vivir el «martirio» como un testimonio, un «anuncio». Para Francisco, por último, ser un enviado, un testigo que «anuncia», es, ante todo, revivir en sí mismo todo el misterio, todos los actos salvíficos de Cristo. Anunciar es entregar la propia vidamediante una presencia evangélica en medio de los hombres, es un anuncio público y explícito de la Salvación y, a veces, es una sangre derramada. Este don por amor es el que constituye la unidad de la misión bajo esas tres modalidades, y el que salva. Sólo el amor es misionero, salvador. La misión es una participación en ese amor de Cristo que salva amando.
Para Francisco de Asís, «anunciar» el Santo Evangelio es siempre comprometer la propia vida en la Pascua del Señor.
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